El Nacional
Esto es lo que hay / Artes visuales
martes 29 de junio 2010

Ciudad instantánea
Lorena González

Entre los más recientes sucesos de la escena global, destaca la proliferación de un mundo dominado por la cultura de la imagen. En esta contingencia se engrana un complejo juego de espejismos y realidades, apariencias, posibilidades, evanescencias, encuentros y falsas aseveraciones que van construyendo el día a día de la mayoría de los procesos que constituyen la vida ciudadana. Tal y como apunta Celeste Olalquiaga en el epílogo de su libro Megalópolis, el curso de lo urbano dominado por el rumor infinito de la imagen ha transformado el panorama estructural de la urbe en un lugar transitorio y olvidado, un espacio inaprensible donde incluso los testimonios de la ciudad y el cuerpo parecen vagar como velados detritus, escombros apilados en medio de los cuales intentamos encontrarnos.

Al recuerdo de esta reflexión y como si de una traslación directa se tratara, me ha llevado la exhibición titulada Edificio progreso, primera individual de la investigadora Lisa Blackmore inaugurada a comienzos de junio en la galería El Anexo, que está ubicada en San Bernardino.

La muestra está integrada por un grupo de 25 fotografías polaroid, las cuales fueron tomadas por la creadora en una suerte de itinerario personal de documentación de edificaciones emblemáticas (paralizadas, suspendidas, abandonadas, transformadas...) en la ciudad de Caracas.

La secuencia reclama con persistencia la inquietud visual del espectador. Frente a nosotros se suceden los encuadres de arquitecturas vulnerables que también han formado parte de nuestra vida urbana: varias sedes de la antigua imagen del Banco de Venezuela, la construcción suspensa del centro comercial Sambil en Candelaria, el inacabado proyecto del Leander en el parque Francisco de Miranda, un cartel del edificio La Francia, una valla de la cadena de supermercados Éxito y de Cada, junto con algunos panoramas iconográficos que rodean Plaza Venezuela... la esfera de Pepsi-Cola
sobre la Torre Phelps, el reloj de La Previsora y los restos de la estatua de Colón, entre otros. En el centro de la sala, una serie especial se desprende de la secuencia ya citada para dar paso a las ocho fachadas de las infraestructuras que en la actualidad soportan la problemática institucionalidad de nuestros caraqueños museos nacionales: ese lugar de preservación y difusión del símbolo y la imagen, de producción de la creatividad y el conocimiento sobre cuyos destinos inciertos vagamos en la actualidad.

Sin embargo, la propuesta de Blackmore no es una simple documentación gráfica de estos lugares. En su acción también subyace la esencia de un mecanismo particular que desde las estrategias del arte contemporáneo reúne en estas obras las aristas de un movimiento profuso y cíclico: en primer lugar, el uso de la técnica instantánea de la Polaroid y de una película velada en cada toma fotográfica, con lo cual reconstruye la búsqueda conceptual a la que remite desde las marcas vetustas del formato de cada pieza; luego, la sugerencia de un recorrido corporal en el que el sí mismo observa, selecciona, revive, fragmenta, suspende los pasos y la respiración de su mirada confrontada con ese volátil bastimento citadino; por último, una acertada museografía en la que cada una de estas interrelaciones entre el individuo y la ruina se convierten en momentáneos y exquisitos objetos "museables", dolorosos souvenirs de esas poéticas de una memoria individual que la creadora moviliza para convertirlas en instantáneas urgentes y colectivas, hermosas y paradójicas reliquias de ese sombrío "presente provisional" que gobierna el curso de nuestro país.